
Pinturas rupestres prehistóricas de las cuevas de Lascaux (Francia): datan del 13.000 a.C. y fueron realizadas con pigmentos rojos y ocres soplados a través de huesos huecos sobre la roca, o aplicados con juncos o ramas aplastadas después de mezclarlos con grasa animal. El trazo y la utilización de los colores demuestran un grado de inteligencia nada común.
1. El evolucionismo
El problema de la historia es el de la novedad que la libertad aporta en el tiempo. Esta novedad histórica tiene su origen en una novedad ontológica, a saber, la de la misma libertad. Porque si la libertad viniera a coincidir con cualquiera de las capas ontológicas susceptibles de explicación estrictamente bioquímica o biofísica, no tendría sentido plantear la aportación histórica como una novedad ontológica: la historia coincidiría con la evolución, la cual culminaría, por su propio mecanismo efector, en lo que se llama la «libertad». La evolución complejificaría a los organismos (evolución biológica) y complejificaría a la humanidad en las acciones (equívocamente) libres. El universo entero manifestaría la complejificación creciente de una energía básica, sólo diferenciable en varios niveles, distintos en grado, pero no en esencia[1].
Pues bien, el «evolucionismo», en sentido estricto, es la doctrina de quienes afirman que la multiplicidad de la vida psíquica y orgánica proviene de unas pocas formas primitivas, o quizás de una sola, entendida como materia inorgánica.
El evolucionismo, pues, no sólo sostiene que hay progresos en el orden cultural (científico y técnico), sino esencialmente en el orden natural: la vida animal provendría de la inorgánica; y el hombre, en su totalidad, de un antropoide primitivo. Las capacidades espirituales de inteligencia y voluntad serían adquisiciones evolutivas, producidas por los mismos mecanismos efectores biológicos. Las formas de vida más complejas o perfectas se derivarían, en todas sus capas ontológicas –mediante cambios externos geológicos y mutaciones internas biológicas– de formas elementales o imperfectas[2]. (En el siglo XIX fue Spencer el filósofo que mejor sistematizó los principios ontológicos del evolucionismo). Como teoría filosófica, pues, el evolucionismo afirma que lo superior se deriva directamente de lo inferior: los seres inferiores se han transformado en superiores.
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2. ¿Evolución continua o inmanente?
Teniendo en cuenta los datos de las ciencias naturales (paleontología, biogeografía, biogenética, etc.) puede afirmarse con toda probabilidad que en el ámbito orgánico existe un proceso continuo, sin aparentes saltos bruscos, de desarrollo, proceso que va de las formas inferiores a las formas superiores[3]. Pero de tales datos científicos no se saca la conclusión de que las formas inferiores producen, por despliegue interno o inmanente, las formas superiores. El evolucionismo asocia dos tesis distintas: una científica, otra filosófica. Por la primera sostiene que se puede establecer la continuidad de formas en el tiempo, desde las inferiores a las superiores; por la segunda añade, además, que las formas esencialmente distintas (como la vida y el espíritu) provienen totalmente de las inferiores. La distinción categorial de los seres no sería esencial.
Como caso de tendencia moderna a una «indistinción categorial» puede citarse a Teilhard de Chardin, en sus libros El fenómeno humano, El porvenir del hombre, La activación de la energía, etc. Sostiene Teilhard que hay una energía fundamental que mueve la masa cósmica, emerge de ella y constituye cuatro fases de la evolución: Cosmogénesis, Biogénesis (que apareció hace tres mil millones de años), Noogénesis (que apareció hace 600 millones de años) y Cristogénesis. La humanidad acaba ascendiendo a la superhumanidad. El estadio superior de la evolución será una «conciencia colectiva», una sola envoltura pensante[4]. El progreso evolutivo desembocará en una «Conciencia colectiva»[5].
Estas palabras de Teilhard encierran algunas tesis que difícilmente podrían ser interpretadas fuera de una mentalidad evolucionista-inmanentista, propia de Spencer o Darwin, por ejemplo. Como únicamente tratamos de aclarar planteamientos, conviene apuntar tres puntos decisivos:
1º. ¿Qué significado puede tener la afirmación de que la «conciencia» humana es algo que se ha ido desarrollando a partir de la conciencia animal? La autoconciencia, o conciencia de sí, ¿es sólo un plus de conciencia animal? ¿Se reduce la conciencia «personal» a mera percatación sensitiva? ¿No sería más exacto afirmar que la conciencia personal se define como la autoposesión del ser, mientras que el ente impersonal soporta su propia existencia?
2º. Además, la evolución desemboca, según Teilhard, en una conciencia «no-individual», fruto de la fusión de varias personas en una sola. Pero esta idea de una conciencia no individual es contradictoria: ni una persona se puede escindir en dos, ni de dos puede hacerse una, porque la existencia de cada persona es, por esencia, incomunicable; si una persona se convirtiera en otra, dejaría de existir.
3º. Quizás el núcleo de las cuestiones planteadas por Teilhard esté en su noción de «energía» universal, la cual emerge de la masa cósmica para constituir la noosfera. ¿Qué nombre da Teilhard a tal actividad? Solamente uno: amor[6]. El amor, como acto supremo de un ser consciente y personal, viene reducido a «energía cósmica», la cual es el motor de la evolución. ¿No quedamos encerrados entonces en el monismo ontológico, donde no hay ya diferencia radical entre el espíritu y la materia? La energía cósmica vendría a ser un género, cuyas diferencias específicas serían la materia y el espíritu, determinaciones conseguidas en dos estadios sucesivos de un proceso evolutivo que transforma la energía física en energía espiritual.
De esta manera absorbe Teilhard el proceso histórico (obra de libertad) en el proceso evolutivo; la historia queda proyectada hacia un punto de convergencia (punto Omega) que no es otra cosa que un postulado racional, no probado ni demostrable, un mito: «La esperanza, tan natural al hombre, de una comunión temporal de las personas, como etapa siguiente a su actual disociación, domina este esquema, tiñéndolo de elementos afectivos: el tiempo de la historia, representado en forma lineal, es asimilado a una convergencia hacia un punto o una cúspide terminal, al recorrido de un horario mensurable»[7].
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3. Evolución y mecanismos evolutivos
Pasemos al problema de la evolución precisa del hombre. Puede suponerse que la antropología ha establecido científicamente (con la probabilidad que implica este tipo de conclusiones) que existen formas intermedias entre los «antropoides» y el «homo sapiens». ¿Se seguiría de ello que el hombre es sólo un animal más desarrollado? La respuesta sería afirmativa si todas las facultades y estructuras del hombre se reducen a categorías bioquímicas o biofísicas. Pero, ¿y si el hombre tuviera una dimensión que no dependiera intrínsecamente de la materia o del cuerpo? Entonces, a pesar de que se pudiera establecer que la evolución se produce realmente en la preparación del cuerpo humano, habría que mantener que aquella dimensión incorporal o espiritual es ingenerada, justo por ser intrínsecamente independiente del cuerpo. Aunque el hombre tuviera antepasados en lo concerniente al cuerpo, no los tendría en lo referente al espíritu. Y como de la unión interna del espíritu –una novedad ontológica– al cuerpo necesariamente ha de surgir un individuo nuevo, habría que decir que el hombre carece, en sentido estricto, de antepasados.
Por «evolución», pues, hay que entender –conforme a una hipótesis científica probabilísima–, un proceso en el cual todos los organismos pasados y presentes descienden, siguiendo una ley de nacimiento natural, de realidades preexistentes. La evolución es, así, un proceso genético de innovación, en el que se producen formas específicamente nuevas desde otras anteriores. Tal proceso aporta una innovación morfológica y psíquica: lleva, por determinación intrínseca, a formas específicamente nuevas desde otras anteriores. Este proceso no siempre es «progresivo», pues a veces desemboca en una vía muerta. Además, la innovación acontece desde formas anteriores muy determinadas o concretas: la nueva especie conserva transformadas las mismas estructuras básicas de los ascendientes.
La evolución, en tal sentido, no implica una tesis metafísica (la que afirmara que lo superior viene en su totalidad de lo inferior y es causado por éste); simplemente expresa que lo superior es una innovación que tiene en lo inferior mecanismos efectores que, al menos en parte, lo explican. Entendida así la evolución, no hay objeción seria para aceptar que el hombre (homínido hominizado) proviene de homínidos prehumanos, cuyas estructuras han quedado conservadas y transformadas. Como dice Zubiri: «Llamando «psique intelectiva» a la totalidad del psiquismo humano, a diferencia de la psique no-intelectiva animal, hay que afirmar que la psique intelectiva florece intrínsecamente desde las estructuras psico-somáticas de un homínido prehumano y en función determinante y transformante de éstas, de suerte que la nueva especie, la especie humana, incluye como momento esencial suyo la conservación transformada de las estructuras morfológicas y psíquicas de aquel homínido. El hombre entero, pues, es psicosomáticamente un brote evolutivo: surge evolutivamente de un homínido prehumano»[8].
El estado actual de las investigaciones permite indicar que las causas de la evolución pueden ser tanto físicas (medio, adaptación, selección natural, mutaciones), como psíquicas (modos de vida, aislamientos ecológicos, lucha por la vida). Unas y otras «han de repercutir físicamente sobre las estructuras germinales, sobre el plasma germinal, si el cambio que aquellas causas producen ha de ser estable […], los cambios han de ser hereditariamente transmisibles»[9].
Pero en el «mecanismo causal» hay que distinguir dos planos ontológicos: de un lado, la «causación efectora», pues la morfología del hombre está producida efectoramente por las estructuras germinales del primer homínido humanizado (australopiteco o arcántropo); de otro lado, y por lo que respecta a lo más hondo del psiquismo humano, la «creación», pues dicho psiquismo «está determinado en su origen evolutivo por las transformaciones germinales, pero no está producido sólo por ellas. Aquí la determinación causal no es efección. La mera sensibilidad no puede producir por sí misma una inteligencia: entre ambas existe una diferencia no gradual, sino esencial»[10].
En la evolución, por tanto, hay continuidad (no hay salto biológico ni psíquico: lo anterior se conserva transformado); pero hay también transcendencia, porque la psique humana envuelve, además del elemento sensitivo, el momento intelectivo: éste sólo puede ser efecto de una creación «ex nihilo»[11].
La acción creadora es, por tanto, un mecanismo evolutivo de carácter transcendente: «Es un factor integrado a la transformación germinal; es el cumplimiento intrínseco de la exigencia de ésta. Por esto, la acción creadora no interrumpe el curso de la evolución, sino que es el mecanismo que termina de llevarla a cabo. Porque una especie que tuviera las estructuras somáticas transformadas que posee el homínido hominizado y no poseyera psique intelectiva, no hubiera podido subsistir biológicamente; se habría extinguido rápidamente sobre la tierra»[12]. Mas por la evolución quedan afectadas tanto las estructuras somáticas como las dimensiones psíquicas, pues la psique humana incluye la psique animal: no una psique animal cualquiera, sino la psique transformada del homínido antecesor.
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4. Historia y mecanismos de la historia
De lo dicho se desprende que el hombre puede ser considerado, en su devenir temporal, de dos modos: cósmicamente y específicamente. Desde el punto de vista cósmico, el hombre es un producto evolutivo, inserto en el devenir total del cosmos, cuya evolución es de millones de años, en la que el hombre tiene un puesto impermutable, pues no pudo aparecer en la tierra antes de ser posibilitado biológicamente. Pero específicamente, en el interior de lo humano, sólo puede hablarse de desarrollo en el ámbito de la inteligencia y en el de la libertad.
Desarrollo en la vida intelectual: desde el aprovechamiento del fuego por el hombre prehistórico hasta la disponibilidad de la energía atómica en la actualidad; y todavía se seguirán desarrollando las conquistas logradas. Pero es especialmente con la libertad, o sea, con el poder de usar lo adquirido, cuando se rompe la aparente identidad entre evolución e historia: si la evolución no permite hablar del mal, la historia sí lo permite. La historia es lo que nos sucede fatalmente junto con la respuesta personal que a ello damos. Por eso, «no se puede pronosticar una vida larga al hombre cuando se le contempla con la bomba de hidrógeno que le puso en las manos su inteligencia y un instinto de agresión en sus entrañas»[13].
Si lo específicamente histórico hay que retrotraerlo al ámbito de la libertad, como novedad ontológica, hemos de buscar en ella los mecanismos por los cuales se realiza la historia misma. Estos mecanismos –por llamarlos de alguna manera– no tendrían ya la índole de lo estrictamente natural-evolutivo, sino que serán determinantes en libertad de la libertad misma. Con otro lenguaje, podría decirse que expresan una complejificación, una concentración de la libertad sobre sí misma, potenciándola desde dentro: son mecanismos posibilitantes del espíritu mismo. Pero, ¿en qué nivel tendríamos que considerarlos, en el de la sustancia o en el de los actos?
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5. La historia, ¿maduración de facultades?
Se ha visto en el anterior capítulo que lo histórico no define el ámbito de la sustancia o naturaleza –no todo en la sustancia humana es histórico–; cabe preguntar ahora si lo histórico tiene un lugar propio en el ámbito de las facultades. Tengamos presente que facultad equivale a potencia operativa.
Aristóteles dividió las potencias en dos clases: las no-operativas y las operativas. Las primeras son llamadas pasivas: su poder es un poder ser hecho, poder recibir o padecer. Esta potencia no-operativa, en cuanto potencia, es la que se distingue estrictamente del acto. La materia de cara a la forma y la esencia de cara a la existencia son propiamente las potencias pasivas. Las potencias operativas son activas: y éstas fueron llamadas facultades en sentido estricto. La facultad es un poder de obrar o hacer algo; tiene, pues, carácter de acto y no de potencia, por lo que no se divide frente al acto. Por esto son activas, pues algo obra en tanto que está en acto. Se trata, desde luego, de un acto impuro (con potencialidad), remitido sólo a la operación. Aristóteles señaló certeramente dos dimensiones de las facultades humanas: una retrospectiva, en cuanto mira a la sustancia; y otra prospectiva, en cuanto orientada a su operación.
a) En primer lugar, Aristóteles entendía por facultad una fuerza real, un elemento con actualidad real: se trata del acto segundo de la sustancia. La realidad de la facultad está montada sobre la actualidad primera de la sustancia. Las facultades, en esta dimensión retrospectiva, tienen continuidad genética, es decir, se transmiten con la generación: el hombre del s. XVIII tenía las mismas facultades que el del s. XX. Por eso, si sólo nos atuviésemos a esta dimensión de la facultad, podría entenderse que la historia sólo lleva a sazón facultades, esto es, que la historia es maduración: el hombre sería un germen que va madurando, una realidad germinal que sucesivamente desarrolla brotes de facultades. Lo que la historia aportaría en este caso es la germinación paulatina de las facultades: desde el comienzo histórico el hombre sería completo, pero sólo en germen. Sin embargo, esta teoría se equivoca, pues el hombre –comenta Zubiri– está desde el comienzo constituido como hombre, ya tiene todas sus facultades actualizadas[14]. Respecto de sí misma, la sustancia humana, con todas sus facultades, no es germinal: el hombre de Cromagnon no era una humanidad inmadura. Lo que la historia añade al hombre no es la madurez de sus facultades. ¿Qué es entonces lo que aporta?
b) La segunda dimensión de la facultad parece dar respuesta a esta pregunta. Esta dimensión es prospectiva, ya que la facultad es una fuerza para obrar, es un poder destinado constitutivamente a producir algo: en la realidad de esta fuerza hay ya una presencia virtual de la realidad que se va a producir. Toda facultad es «para» algo; y en este «para» reside su sentido de potencia. Ahora no se trata ya de la realidad que tiene un acto segundo, como actualidad incorporada a la sustancia; esto se supone. Se trata de que, por ser una fuerza para obrar, se perfecciona con actos. En tanto que es «fuerza para», es virtualidad, poder-ser, que obviamente no se actualiza siempre de la misma manera; hay aquí un índice de variabilidad y contingencia.
En este caso podría pensarse que la novedad de la historia es una actualización de virtualidades: la historia no sería ya el conjunto de lo que el hombre hace (la mera serie sumativa de sus actos), ni la maduración de sus facultades, sino la actualización progresiva de sus virtualidades. La historia, puesto que el alcance de las facultades es desconocido, nos iría revelando el despliegue de las progresivas actualizaciones de las virtualidades. Tampoco esta teoría es acertada por completo, porque hay –dice Zubiri– en este nivel de actualización dos momentos irreductibles, el del ejercicio y el del uso, sin cuya diferenciación no se aclara el carácter formal de la historia. Esta distinción entre «ejercicio» y «uso» está inspirada en la clásica teoría de las facultades, reinterpretada por Zubiri.
Desde el nivel de las facultades de la naturaleza humana, la historia sería el desarrollo de lo que el hombre era, porque el primer hombre tenía ya las mismas facultades que el actual. Desde el nivel de actualización como ejercicio, la historia sería el despliegue de lo connotado por las facultades (el despliegue de lo que las facultades pueden hacer). Pero concebida desde el nivel del uso que se hace del ejercicio, la historia es el despliegue de posibilidades reales de las facultades en cada circunstancia. Esto es lo que vamos a explicar a continuación.
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6. Lo histórico como realización de actos
a) La distinción cualitativa de los actos
Entre los actos ejecutados del hombre, hay unos que son ya pasados; otros son presentes; y otros son futuros. Cada acto realizado en el tiempo se distingue del anterior en dos aspectos, a saber, el cuantitativo y el cualitativo. En primer lugar, un acto es numéricamente distinto del anterior; en esto no hace falta insistir.
Pero, en segundo lugar es también cualitativamente distinto del anterior; y ello, como dice Zubiri, por dos razones. Una, porque recoge los efectos del anterior. Así, por ejemplo, en su acto de visión nuestro abuelo usaba gafas; ahora, en nuestro acto de visión usamos microlentillas, porque nos apoyamos en una técnica heredada de la física y la química. Atendiendo a esta razón, la historia aparece como una sustitución progresiva de actos humanos. Pero hay otra razón distinta más profunda, y es que, aun pudiendo repetir el contenido del acto anterior, nosotros no podemos repetir su sentido: hoy podemos usar gafas también; mas por sólo este poder no nos distinguimos de nuestros abuelos; hoy usamos gafas pudiendo usar microlentillas, y es este segundo poder, engarzado al primero, el que me distingue del tiempo histórico de mi abuelo.
Digamos, en conclusión, que el acto humano encierra dos aspectos: el aspecto de realidad física, o sea, el acto que se hace (por ejemplo, usar gafas); y el aspecto de posibilidad real, es decir, el poder con que se hace. Por el primer aspecto el hombre del siglo XX coincide con el hombre del siglo XVIII; mas por el segundo aspecto, no.
Así pues, debemos decir, que la historia no es la mera sustitución de un hacer real por otro, no es el conjunto de lo que el hombre hace, sino la actualización progresiva de las potencialidades humanas. El presente de un momento histórico no es, de este modo, lo que el hombre hace, sino –como dice Zubiri– lo que el hombre puede hacer por tener disposición para ello.
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b) Actualización como ejercicio y como uso
Acabamos de ver que la historia no es el desarrollo de lo que el hombre es ya, sino más bien la creación de posibilidades, sobre la que se monta toda producción de realidades. Lo propiamente histórico está en crear una posibilidad para producir una realidad. Como dice Zubiri, la historia no es un simple hacer, ni siquiera un estar pudiendo, sino hacer un poder respecto al futuro. Ello se comprende, porque la actualización de las virtualidades de una facultad tiene dos aspectos: el del ejercicio y el del uso. La actualización como ejercicio es algo natural; mas como uso está imperada por la voluntad (guiada por la razón): las facultades están en su ejercicio dirigidas por la voluntad libre.
La actualización como ejercicio es la actualización de la facultad por su objeto propio; así, la explicación del ejercicio de una facultad consiste en dar cuenta de la razón de ser de los actos. La vida humana está constituída, en un primer momento, por el ejercicio o ejecución de actos.
Si sólo nos mantuviéramos en este nivel podríamos pensar que la historia no es nada más que revelación de las capacidades o virtualidades de las facultades, de modo que en el primero de los hombres estaría ya virtualmente dada toda la realidad de la historia futura.
Pero la actualización como uso añade algo decisivo. El ejercicio está especificado por el objeto natural de la facultad; el uso se especifica por el objeto que el hombre libremente se propone. Por uso hay que entender la destinación de los actos de las facultades a un plan de conjunto.
El ejercicio de la facultad es idéntico en todas las épocas, pero el uso de ésta es diferente y variable: usando las facultades el hombre se construye una vida propia. Con otras palabras: el mero ejercicio de las facultades da lugar a que los actos sean hechos; por el uso, los actos se convierten en sucesos, acontecimientos: el uso abre un curso de sucesos o acontecimientos. Pues bien, este curso constituye la historia.
En general, usar es aplicar un cosa a una operación: en nuestro caso, el uso de las facultades será la aplicación de éstas a la realización de sus actos propios. La posibilidad del uso viene dada porque hay facultades que están en potencia para obrar o no obrar; para sacar a una facultad de esa potencialidad se requiere un eficiente, una moción. En el caso del hombre, tal agente es la voluntad. ¿Por qué la voluntad?
Es obvio que todo agente obra por un fin. Pues bien, en la serie ordenada de facultades, la que se dirige al fin universal mueve a las demás. La voluntad tiene como objeto el fin y el bien universal; en cambio, cada facultad concreta se ordena a un bien particular que le es propio y conveniente (la vista, por ejemplo, se refiere a la percepción de colores). Por ello la voluntad mueve, a modo de causa eficiente, todas las facultades humanas a la ejecución de sus propios actos, al ejercicio[15].
Hay que advertir que la voluntad, como causa eficiente, mueve en el orden del ejercicio, no en el de la especificación del objeto: puede hacer que el ojo pase al acto (se abra para ver), pero no puede hacer que el ojo oiga.
El uso corresponde, pues: lº. A la voluntad como primer agente o motor; 2º. Al intelecto como facultad directiva; 3º. A las demás potencias como ejecutoras. Éstas se relacionan con la voluntad como el instrumento con la causa principal: pero la acción se atribuye propiamente no al instrumento, sino al agente principal. Dicho de otro modo, el uso es propiamente un acto de la voluntad.
Por eso no se da el uso en el animal. Éste no conoce la relación de sus miembros a sus operaciones: ejecuta actos con sus miembros por instinto natural, no los usa. El uso que hace el agente está unido al acto de aquello que usa (así, nadie usa de una microlentilla sin que el ojo actúe como órgano); el uso es simultáneo con el acto de la facultad ejercitada. Es decir, dado que la ordenación y lo ordenado constituyen un mismo todo, también constituyen un mismo todo el uso –que es una ordenación– y el ejercicio de la facultad a la que se aplica el uso. Pero, ¿de qué tipo de todo se trata? El todo que forman ejercicio y uso es un «todo absoluto» en el que pueden distinguirse dos aspectos, el material y el formal. La materia es el acto o ejercicio de una facultad inferior; la forma es el acto de una facultad superior: la materia es el acto ordenado y la forma es el acto de ordenar. Porque, como dice Aristóteles, «es un sólo el acto del motor y el del móvil»[16].
De modo que toda facultad humana es una estructura con dos dimensiones a la vez presentes: actualización natural (por el ejercicio) y recurso voluntario a posibilidades reales (por el uso).
Toda facultad humana es naturaleza por su actuación y es historia por su recurso a posibilidades. En suma, el hombre hace su vida con su naturaleza y con su historia.
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c) Posibilitación y situación
Dijimos que el hombre, por razón del uso, intercala entre la potencia y el acto un proyecto y, por tanto, una posibilidad. Pero, ¿qué significa aquí «posibilidad»?
Hay dos tipos de posibilidad: la lógica y la real. La posibilidad lógica equivale a la incontradicción y se constituye en el puro acto de pensar; decimos entonces que algo es posible cuando sus notas no implican contradicción, y es imposible lo contradictorio. La posibilidad real exige, además de la incontradicción, la realidad del eficiente y de la materia (la posibilidad real de un clavo supone la productividad real humana del herrero y la realidad de la materia, a saber, el hierro).
Observemos que el hierro puede existir antes del eficiente; en tal caso, el hierro era sólo un posible clavo en el orden lógico. Pero al contacto con el eficiente se convierte en un posible real, en un recurso. El ámbito de los recursos es el de las posibilidades reales o históricas, surgidas en el trato con las cosas; a ese área de posibilidades reales así surgidas se llama situación (Ortega habla de circunstancia). No se trata del conjunto de posibilidades de las cosas, descubiertas o no; la situación humana se compone de los recursos realmente disponibles. La situación –dice Zubiri– es la condición radical para que haya cosas posibles para el hombre.
Por la libertad humana, el cuadro de posibilidades se transforma continuamente, en la medida en que se opta o elige entre ellas. La elección sucesiva determina el cuadro de posibilidades ulteriores. Afirmar que el hombre obra en situación significa: 1º Que en la situación (en el conjunto de posibilidades que se le brindan) ejercita o actualiza sus facultades; y 2º. Que en la situación usa esas facultades realizando unas posibilidades determinadas y no otras.
Historiar no es, pues, señalar la razón de ser de los actos, sino la razón de su suceder; ésta envuelve a aquélla.
En la historia, las facultades son constantes (hay igualdad entre el hombre de Cromagnon y el actual), pero las posibilidades son variables. Sirvan para ilustrar lo dicho las siguientes palabras de Ortega, a propósito del simple hecho de comprar uno de los posibles objetos ofrecidos en el mercado: «La actividad de comprar concluye en decidirse por un objeto; pero por lo mismo es antes una elección y la elección comienza por darse cuenta de las posibilidades que ofrece el mercado. De donde resulta que la vida, en su modo «comprar», consiste primeramente en vivir las posibilidades de compra como tales. Cuando se habla de nuestra vida suele olvidarse esto, que me parece esencialísimo: nuestra vida es en todo instante y antes que nada conciencia de lo que nos es posible. Si en cada momento no tuviéramos delante nada más que una sola posibilidad, carecería de sentido llamarla así. Sería más bien pura necesidad»[17].
Hemos dicho que las acciones humanas se ejecutan poniendo en juego las facultades (potencias reales) y las posibilidades reales. La acción humana es producto de una potencia y de una posibilidad. Y es así porque estando el hombre abierto al todo de lo real, o sea, estando obligado a dar una respuesta, tiene que optar por una. Las posibilidades elegidas constituyen el proyecto, el cual se interpone siempre entre las facultades y las acciones.
Aclarada la distinción entre «hecho» y «suceso», debo advertir que cuando en las páginas siguientes se hable de «hecho histórico» se estará aludiendo en términos comunes a lo que se acaba de explicar como «suceso».
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d) Posibilidad histórica y hábito
Desde un punto de vista ontológico-psicológico, lo acumulado históricamente tiene la forma de hábito: no es una simple secuencia de actos que pasan, sino una secuencia de actos que, de algún modo, quedan: este «quedar» afecta a la facultad, determinándola cualitativamente. Semejante determinación es el hábito, que no es algo yuxtapuesto, pues forma con la facultad un todo absoluto. El fundamento del hábito estriba en que las facultades específicamente humanas (las superiores, y las inferiores que participan del status racional de hombre) no están determinadas unívocamente («ad unum»), como las de los animales; precisamente esta apertura constituye la libertad transcendental. Para que tales facultades puedan 1º. orientarse hacia «una» sola cosa, y 2º. comportarse «bien» respecto de esa cosa, es preciso que recaiga sobre ellas una determinación cualitativa, que es lo que se llama hábito. El animal, en cambio, no necesita de hábitos: sus potencias están «orientadas» y «fijadas» por la naturaleza misma. La facultad no es, sin más, hábito: éste es «sólo» un principio de posibilitación. Y entre los hábitos encontramos unos que –una vez adquiridos– son constantes (v. gr., el de los primeros principios), y otros que pueden adquirirse, modificarse y perderse, aun conservándose la facultad.
Así se explica que el acto humano, como ejecución de facultades y hábitos, sea un solo acto con doble dimensión: «En nosotros –afirma Santo Tomás– el principio de un acto es tanto la facultad como el hábito; por eso decimos que conocemos una cosa por la ciencia (hábito), y también por la facultad intelectiva»[18].
Es obvio que el hábito puede ser considerado en contraposición a la facultad, pero «también puede considerarse como una cierta disposición por la cual de algún modo algo se ordena al acto. Lo que corresponde tanto a la facultad como al hábito, pues la facultad hace que el hombre pueda obrar, y el hábito, que sea apto para obrar bien o mal»[19].
Lo cierto es que el aspecto por el que un acto es «ejecución de facultades» se distingue del aspecto por el que es «ejecución de hábitos». Cuando la posibilidad real queda incorporada a una facultad en forma de hábito, se podría decir que la facultad se ha transformado en «capacidad». La facultad puede estar capacitada bien o mal, suficiente o deficientemente; siendo el hábito el principio de posibilitación.
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6. Definición de la historia
Con lo dicho tenemos todos los elementos para definir con Zubiri la historia como «un proceso de capacitación real».
a) Es «proceso» porque cada estadio sucede al anterior y se apoya en él. Las posibilidades habitualizadas apoyan otras capacidades. Además, al apropiarnos determinadas posibilidades decidimos también la suerte de otras, pues por la apropiación de una se facilita o malogra la posibilidad de otras.
b) De «capacitación». Con esto se quiere decir que la historia no es un proceso de maduración o de actualización de las virtualidades mismas de las facultades: no es producción de algo que era ya, sino de algo que no era aún, justo capacidades, habitualizaciones. La historia no es mera actualización de realidades, sino proceso de posibilitación de capacitación.
c) Es proceso «real». Esto no quiere decir que lo histórico esté precontenido implícitamente; más bien se trata de la inclusión real de una actualidad «sui generis» (el hábito) en la naturaleza de una facultad; la posibilidad queda en la facultad natural de modo actualizable. La inclusión histórica es la inclusión de la posible actualidad en la facultad natural.
Que una realidad sea histórica se debe a ser posibilidad actualizable de una facultad natural. Que lo histórico –dice Zubiri– sea real se debe a ser actualización procesual de posibilidades.
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[1] Charles S. Peirce lo sostiene en «Entwurf und Zufall», 123.
[2] Kurt Bayertz, «Evolution und Ethik. Größe und Grenzen eines philosophischen Forschungsprogramms», en Evolution und Ethik, 13.
[3] «Nada tiene sentido en Biología fuera de la luz de la Evolución». Theodosius Dobshanskys, Evolution, San Francisco, 1977, V.
[4] «Resumen de mi perspectiva fenomenológica del mundo», en Les Etudes Philosophiques, 1955, n. 4.
[5] El fenómeno humano, 301-302.
[6] El fenómeno humano, 316.
[7] E. Rideau, Pierre Teilhard de Chardin, 328.
[8] X. Zubiri, «El origen del hombre», 164. Los «mecanismos evolutivos» son las causas de la evolución. Lamarck indicó dos: la «adaptación» (el cambio de las circunstancias externas obliga a los seres vivos a cambiar el modo de vivir y, por tanto, a usar hipertrofiadamente unos órganos en detrimento de otros) y la «transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos». Tales mecanismos, expuestos como leyes, han sido criticados en profundidad por los científicos: ni la adaptación es suficiente para explicar la transformación interna de los organismos, ni todas las variaciones adquiridas son transmisibles (solo se convierten en hereditarias las que consiguen modificar las moléculas del constituyente químico de los genes). De otro lado, Darwin consignó dos mecanismos evolutivos: la «selección natural» en la lucha por la vida entre los seres vivos (donde perviven los más fuertes) y la «transmisión hereditaria» de estos caracteres adquiridos. Tampoco estos mecanismos explican por qué aparecen series pancrónicas. En fin, De Vries indicó el mecanismo de las «mutaciones»: la evolución se haría a saltos, mediante originación improvisada, en los individuos, de caracteres estables y hereditarios como mutaciones genéticas. Aunque se ha probado que esta teoría contiene lagunas insalvables, se ha perfeccionado con la hipótesis de las ontomutaciones (Simpson, etc). Para más detalles, cfr. Robert Richards, Darwin and the Emergence of Evolutionary Theories of Mind and Behaviour, Chicago/London, 1987.
[9] X. Zubiri, «El origen del hombre», 165.
[10] X. Zubiri, «El origen del hombre», 166.
[11] X. Zubiri, «El origen del hombre», 167.
[12] X. Zubiri, «El origen del hombre», 172.
[13] K.Lorenz, Die Hoffnungen unserer Zeit, 147.
[14] Todas las referencias a X. Zubiri están tomadas de sus dos artículos: «Nuestra actitud ante el pasado», en Naturaleza, Historia, Dios, 284-320, y «La dimensión histórica del ser humano»en Realitas. Seminario Xavier Zubiri, 11-64.
[15] II-II, q. 9, a. l.
[16] Phys., 202 a 18.
[17] J.Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 164-165.
[18] I, q. 83, a. 2.
[19] I, q. 83, a. 2, ad 2m.
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