Goethe y la modernidad. 2: La autogénesis del hombre

Joseph Karl Stieler (1781-1858): "Goethe".

Joseph Karl Stieler (1781-1858): «Goethe».

Rehacer la creación

«FAUSTO: Pero vamos a ver: ¿quién eres tú?
MEFISTOFELES: ¡Yo soy el espíritu que siempre niega! Y con razón, pues todo cuanto existe es digno de irse al fondo; por lo que sería mejor que nada hubiese. De suerte, pues, que todo eso que llamáis pecado, destrucción en una palabra, el mal, es mi verdadero elemento» (vv. 1334-1344).

Aparece aquí el el principio formal de la realidad: la ne­gación. Lo dice Mefistófeles: «Soy el espíritu que siempre niega». Hegel,  cincuenta años más tarde dirá que la contradicción es el motor de lo real. Hay que tomar el pasado para negarlo en la positividad que tuvo. La positividad del presente está hecha de negatividades. Hegel dirá que no existe bondad sin pecado. Desde ahora la bondad no será un trascendental en sí mismo (a diferencia de la filosofía clásica, que afirmaba el carác­ter privativo del mal, pero positivo y trascendental del bien). El mal es tan verdadero, tan positivo, como la bondad. La contradic­ción es la forma misma en la que concurre aquella eficiencia y aquella materia. En el orden trascendental no tiene primacía el bien, sino el mal en relación al bien y el bien en relación al mal. En los primeros párrafos del Fausto se resume la actitud básica de la filosofía moderna.

Sólo le resta a la modernidad declarar que la creación origina­ria está mal hecha y que deben ser reducidos a la nada los resíduos de esa creación. Hay que apurar  del poder ne­gador, a través de una cascada de estremecedoras maldiciones contra el mundo físico, el mundo social, el mundo psíquico y el mundo moral: Goethe nos empuja, por boca de Mefistófeles, a «apurar» el «mosto oscuro» de la vida. Según Mefistófeles, Fausto no ha tenido la valentía de apurar el mosto. El «mosto oscuro» de­clara que la creación antigua está mal hecha. El logos antiguo ha de ser superado. Hay que buscar un nuevo logos, no conforme con la realidad, sino creador de ella. Para ello hay que renegar de todo, reducir a la nada los residuos de esa creación antigua. La creación originaria está mal hecha: ¡Maldita sea!. No hay un orden que contemplar. Hay que eliminar todos los residuos. Fausto mal­dice así a todo el orden de la creación: el mundo físico, el mundo social -hecho de estimaciones, cargos y honores- el mundo psí­quico y el mundo moral.

«FAUSTO:  Re­niego, pues, de todo cuanto pone en tensión las almas con artificios de embaucamiento e ilusión y con fuerzas deslum­bradoras y halagüeñas las tiene cautivas en estos antros de dolor. ¡Maldita sea la alta opinión con que a sí mismo se en­cadena el espíritu! ¡Maldito el relumbrón de la apariencia que nos asedia los sentidos! ¡Maldito lo que en nuestros sue­ños hipócritamente nos sonríe, ese engaño de la fama y la perduración de nuestro nombre! ¡Maldito aquello que como propiedad nos lisonjea, como mujer e hijo, como siervo y colono! ¡Maldito sea Mammón cuando, con cucaña de teso­ros, a osadas hazañas nos incita, cuando con miras a ociosos placeres nos adereza el potro! ¡Maldita esa merced suprema del amor! ¡Maldita la esperanza! ¡Maldita la fe y maldita, so­bre todo, la paciencia!» (vv. 1579-1605).

No sólo se trata de una marginación del mundo antiguo, sino de la conciencia de que está mal hecho. Hay que recrearlo. El coro de los espíritus lo expresa claramente: el mundo hermoso ha sido destrozado por un «semidiós». Es el hombre poderoso el que ha de rehacerlo más espléndidamente.

«CORO DE ESPIRITUS: ¡Oh dolor! ¡oh dolor! ¡Que has des­trozado el hermoso mundo con puño potente! ¡Ya se de­rrumba y despedaza! ¡Halo deshecho un semidiós! Sus es­combros ahora llevamos a la nada, y por la perdida belleza hacemos planto. ¡Oh hijo de la tierra poderoso, vuelve a re­hacerlo más espléndido aún, torna a erigirlo dentro de tu pe­cho! ¡Inicia ahora nuevo curso de vida con claro sentido y que nuevas canciones vibren sobre él!» (vv.1607-1626).

La última maldición de Fausto se dirigía a la paciencia. La pa­ciencia es la virtud del tiempo oportuno, que mira a las cosas y las acepta para incidir sobre ellas: es el esperar, y esperar hasta el momento oportuno para una cosa. En la filosofía antigua y medie­val el tiempo es continuo, cada instante es término del anterior y comienzo del siguiente, es un punto frágil entre dos tensiones. Pero desde Descartes el tiempo es discontinuo, el instante está cortado. No hay conservación, no hay substancia actual: cada ins­tante es de suyo perfecto, único, nuevo, sin relación con el ante­rior y el posterior. Dice Fausto:

«FAUSTO: ¡Diréle al momento: aguarda! ¡Eres tan bello! [Werd’ich zum Augenblicke sagen: verweile doch! du bist so chön!» (vv.1698-1700).

No hay que esperar el momento oportuno. «¡Diréle al mo­mento: aguarda! ¡Eres tan bello!». La belleza es la plenitud de cada instante. Cada instante es tan hermoso que -hubiera dicho Descar­tes- merece ser creado por Dios en cada momento.

Resumiendo, Goethe ha establecido dos principios:

1) Principio eficiente de la realidad. Para Goethe es la acción, la creatividad, que conduce al actualismo de la realidad: soy en la medida en que soy creador.

2) Principio formal. El modo en que se realiza la causación es negando. No hay nada que me condicione, ni siquiera el tiempo. El pasado ha de ser barrido. La creación originaria está mal he­cha. Lo dado -sea tiempo o espacio- está mal hecho. Hay que redu­cir a la nada los residuos de la creación, destruir para re­crear. Esa vieja virtud que era la paciencia ha de ser negada. El momento oportuno, el kairós, ya no es el momento que se espera, sino el momento que se vive.

*

La oscuridad de la teoría

Goethe señala: «aprehender con mi espíritu así lo más alto como lo más bajo». Hay que abrazarse a todo: a lo alto y a lo bajo, al bien y al mal. El hombre ha de entregarse completamente a la sensibilidad. El poder trascen­dental del logos es poder relacional y negativo; y si es negativo, doloroso. El gozo no está en la posesión de las cosas, como ocu­rría en la antigüedad. El único gozo que podemos tener ahora es el de la negación: «me entrego al torbellino, al placer más dolo­roso». Gozar es contradecirse en las cosas.

«MEFISTOFELES: ¡Ánimo, pues! ¡Déjate de pensar las co­sas, y ¡hala al mundo! Hazme caso: un tío [Kerl] que especula es como el animal al que un espíritu malo lleva en círculo  [im Kreis] de acá para allá, sobre una hierba seca; en tanto, todo alrededor se extienden bellos y verdes pastos» (vv.1828-1833).

Si lo único que tiene el hombre es lo que la inteligencia le deja –negar y relacionar– ya no nos queda pensar, sino hacer. «Déjate de pensar las cosas y, ¡hala al mundo!». Es el odio a la especula­ción en el sentido clásico, entendida como teoría, como actitud del que ve, recibe y contempla la realidad. Para un girego, theorós  es el hombre que ve la realidad tal como es, sin distorsionarla con apetencias o fantasías. Tanto el pastor que la contempla como el filósofo pueden ser teóricos. Pero Goethe rechaza la especulación: el especulador es como un animal que anda siempre en círculo la­drando a su propia sombra. Y lo hace  porque no lo puede hacer de otra manera: parte de la misma idea, de la misma realidad que que ha puesto.

Lo que nos acerca a la realidad ya no es la contemplación. La inteligencia vendrá después que nosotros pongamos la realidad.

Es la realidad puesta por mí la que rige los con­ceptos que yo voy a tener de ella. El hombre es un afirmador, un ponente. La realidad existe en la medida en que yo existo ponién­dola. El hombre primariamente pone, y sólo poste­riormente piensa la realidad. La posición de mí mismo y de la re­alidad son complementarias. El afirmador y la realidad son con­temporáneos.

No pensar: hacer. ¡Déjate de pensar las cosas!. No se da ya el gozo de la vieja contemplación. El gozo sólo se da en la posesión de algo. Pero no es posible poseer nada si no hay nada previo a la propia posición: es la insatisfacción constante.

«MEFISTOFELES: Desprecia solamente razón y ciencia, la suprema fuerza del hombre; deja tan sólo que con artilugios de relumbrón y magia te corrobore el espíritu del engaño, y así serás ya mío sin condiciones… Dióle a él la suerte un es­píritu que siempre, indómito, corre hacia adelante, y cuyo atropellado anhelo salta por sobre los goces de la tierra. Tras de mí he de arrastralo a través de la bárbara vida; por entre la chata insignificancia se me agarrará, se me quedará pren­dido, se pegará a mí, y comida y bebida se cernerán ente los ávidos labios de su insaciabilidad; en vano implorará satis­facción, y aunque no se hubiese entregado al diablo, habría, de todos modos, de irse a los profundos» (vv.1851-1867).

Goethe se da cuenta de la cara y cruz de la moneda. Por ello hace decir a Mefistófeles que esa actitud de Fausto le va a hacer caer en sus manos: «serás ya mío sin condiciones». El espíritu del hombre es indómito y anhelante, es insaciable con los goces de la tierra. Dejar al hombre con esa sed de creación es hacer que él mismo se vaya «a los profundos», a los infiernos (vv. 2038-2039).

En este contexto podemos entender la conocida frase que Me­fistófeles dirige al discípulo ansioso de saber: Toda teoría es gris. Es el rechazo no sólo de la razón ilustrada, sino de toda teoría. Lo que nos construimos con la razón no nos da conocimiento, no da saber. Hay que volver al impulso de transformación, a la vida.

A partir de este momento señala Goethe algo especial: el hom­bre, en la medida en que es quien pone la realidad, es quien ha de poner nombre a las cosas. Goethe no se olvida de que el acto de nombrar es un acto original. Si el hombre crea de nuevo, ha de nombrar de nuevo. Nombrar una cosa, un objeto, es poner esa re­alidad para mí. Sólo que Goethe advierte –a pesar de todo– la in­satisfacción, la menesterosidad de esa misma creación y nomina­ción.

«FAUSTO: Deja ese tema. ¡Así será!… Cuando yo experi­mento un sentimiento, una emoción, para los que busco un nombre y no lo encuentro, y luego me echo a vagar por todo el mundo con todos mis sentidos, y cojo las más excelsas pa­labras, y a este fuego en que me abraso le llamo infinito, eterno por toda una eternidad, ¿será acaso una mentira dia­bólica?» (vv.3059-3066).

El órgano adecuado –o por lo menos aproximado– de conoci­miento no es propiamente la razón, sino la vida creadora.

«MEFISTOFELES: ¡Una felicidad supraterrena! Tumbarse de noche, bajo el relente, en las montañas y abarcar deleito­samente tierra y cielo, dejarse hinchar hasta creerse un dios, traspasar con el impulso de la intuición el propio meollo de la tierra, sentir en el pecho la obra entera de las seis jornadas, go­zar con orgullosa fuerza no sé qué, trasvasarse en oleadas de placentero amor en todo hasta desaparecer por completo el hijo de la tierra, y luego la sublime intuición… no puedo decir cómo…, cerrar» (vv. 3282-3292).

 *

Panteísmo naturalista

¿Qué papel puede jugar aquí Dios? Después de lo señalado sólo cabe una respuesta: todo es Dios, todo es divino. El hombre es Dios: la criatura es contemporánea al creador mismo, participa de su divinidad. La ingenua Margarita, símbolo de la actitud realista antigua, queda muy ajena al nuevo planteamiento:

FAUSTO: ¡Oh vida mía! ¿Quién puede decir creo en Dios? Pre­gunta a los curas o a los sabios, y su respuesta sonará simplemente como una burla a tus oídos.

MARGARITA: ¿Entonces tú no crees?

FAUSTO: ¡No interpretes mal mis palabras, amor mío! ¿Quién puede nombrarlo? ¿Ni quién puede proclamar: creo en El? ¿Quién sentir y atreverse a decir: no creo en El? El que todo lo abarca, el que todo lo sostiene, ¿no ha de abarcar y sostenernos a tí y a mí y a El mismo? ¿No está ahí arriba la bóveda del cielo? ¿Y no tenemos aquí abajo, sólida, la tierra? ¿Y no nos miran desde allá arriba con amigables ojos los eternos luceros? ¿No te miro yo a tí a los ojos y no se te sube a tí todo hacia la cabeza y el corazón y se cierne en eterno misterio, invisiblemente, visible en torno a tí? Llena con todo eso tu corazón cuan grande sea, y si en ese sentimiento, ente­ramente arrobada, eres feliz, ponle el nombre que quieras. ¡Llámalo felicidad!, ¡corazón!, ¡amor!, ¡Dios!, ¡Yo para El no tengo ningún nombre! El sentimiento es todo; ruido y humo son los nombres que empañan el fulgor de los cielos» (vv.3424-3458).

Ya en Die Natur, escrito entre 1781 y 1782, Goethe manifiesta su naturalismo, un naturalismo inspirado por G. Bruno y Spinoza (a quién comenzó a leer en Estrasburgo en 1770). Concibió la re­alidad principalmente como «Naturaleza», como impulso a una vida nueva, un gran «Todo» que manifiesta un número infinito de formas en evolución constante. Ello no significa que la Naturaleza sea «caótica»: las formas naturales están organizadas de acuerdo con «formas primitivas», Urformen.

Goethe, con su panteísmo naturalista, muestra una de las salidas a la dialéctica entre lo finito y lo infinito que caracteriza a la filo­sofía moderna. Esta dialéctica se encuentra inclinada, desde Des­cartes, por el lado del infinito: la presencia absorbente de lo infi­nito en lo finito. Recordemos que para Descartes la idea de infi­nito es un prius de toda experiencia, incluida la del propio yo. Es esta idea la que permite que el yo se muestre como finito: sólo contradistinguiéndome del infinito puedo conocer mi índole finita. La infinitud es idea previa a la de la propia finitud. Hay así en la conciencia humana una primacía ontológica del infinito; se trata inicialmente de una primacía en la conciencia. Descartes marca la pauta que seguirá la filosofía moderna: todo se piensa desde el prius del absoluto en mí. Por ello es imposible una prueba de la existencia de Dios: cualquier prueba de esa índole partiría ya de la idea de infinito. Y lo que es primero –o premisa– no puede ser conclusión.

También en Goethe tiene el absoluto esa primacía. El concepto goethiano de Dios se diluye en cierto panteísmo, que se traduce muy consecuentemente en una salida sentimental hacia la realidad. El sentimiento permite una empatía fundamental con las cosas, de las que puedo gozar como si fueran mi misma natura­leza, mi ser. Es la forma fundamental de panteísmo: el hombre después de poner la realidad, se encuentra profundamente, senti­mentalmente unido a ella. «El sentimiento es todo».

 *

Razón y valores. Crítica al racionalismo ilustrado

El racionalismo de la Ilustración consideraba que todo debía pensarse a través de la experiencia medible y contable. La realidad era para los ilustrados lo pensable objetivamente, lo medible y pe­sable. Goethe critica este reduccionismo que es incasable con el sentimentalismo. Aquél es un racionalismo experimentalista, que lleva a buscar las realidades a través del peso, la medida matemá­tica.

«MEFISTOFELES: ¡En eso reconozco al hombre docto! ¡Lo que vosotros no tocáis, lo que os queda a una legua de dis­tancia, lo que no comprendéis, lo que os falta en absoluto, lo que no contáis y creéis que no es verdad, lo que no pensáis y no tiene para vosotros peso alguno, lo que no acuñáis, pen­sáis que carece de todo valor!» (vv. 4917-4922).

En este párrafo de Mefistófeles se halla definido el raciona­lismo ilustrado, según Goethe.

Para la Ilustración hay todavía algo dado: para el empirismo, impresiones subjetivas dadas; para el cartesianismo, ideas innatas dadas. Unas y otras casi se pueden tocar y palpar.  Hay algo puesto. Pero Goethe presiente que no hay creación previa: el sujeto está sin fondo, sin base. El hombre del Fausto está continuamente tocando fondo en un mundo que no existe. Es un eterno náufrago. «Nada firme ha­llarás en que posar la planta»: no hay un mundo que poner bajo los pies. Por lo que este hombre no puede dejar de crear: justo porque está siempre en el vacío.

«MEFISTOFELES: Si todo el mar cruzases a nado y contem­plases allí lo que no tiene límites, verías, por lo menos, ve­nir olas y olas, aun cuando te asuste la idea de irte al fondo. Porque siempre habrías visto algo. Verías sobre la verde haz del plácido océano a los retozones delfines; verías pasar el sol, la luna y las estrellas; pero nada verás en las eterna­mente vacías lontananzas, ni siquera oirás tus propios pasos. Nada firme hallarás en que posar la planta.

FAUSTO: Hablas como el primero de los mistagogos, que siempre engañaron al neófito; sólo que al revés. Tú me mandas al vacío, para que allí acreciente así el arte como la fuerza; me tratas igual que si quisieras hiciere yo de gato para sacarte las castañas del fuego. Pero vamos allá. Hemos de comprobarlo, que yo en tu Nada espero hallar al Todo» (vv.6239-6256).

El racionalismo, pues, es el objetivo de la crítica de Goethe. Hay que ser más creativos todavía. Ni siquiera la idea innata o la impresión subjetiva nos sirven: porque nos supeditan, nos someten a algo anterior a nosotros.

En la óptica moderna de Goethe, habría que prescindir in­cluso de eso. Hay que proceder genéticamente, sí, pero de nada: «Yo en tu Nada espero hallar el Todo». El creacionismo hay que hacerlo radical y humano. El único precio es el carácter creativo de la negatividad.

 *

Las claves originarias. Tipos de la realidad

El diablo da una llave a Fausto. La llave es aparentemente pequeña, pero crece con la subjetividad. La llave le conducirá a «las madres» (den Müttern). Las madres figuran como un trasunto de las categorías kantianas, que tampoco son previas a la subje­tividad. Son fruto del afirmarse en la propia subjetividad. Expre­san cómo la subjetividad va configurando la realidad.

FAUSTO: ¡Oh, que pequeñina!.

MEFISTOFELES: Cógela y no la menosprecies.

FAUSTO: ¡Cómo crece la llave en mi mano! ¡Y cómo brilla y relampaguea!.

MEFISTOFELES: ¿Te das cuenta ahora de lo que con ella po­sees? La llave barruntará el sitio justo; síguela, y ella te llevará a las madres.

FAUSTO: (Estremeciéndose) ¡A las madres! ¡Siento como si me dieran un golpe! ¿Qué palabra es esa que no puedo oir?

MEFISTOFELES: Un trípode incandescente te anunciará al fin que te hallas en el profundísimo, en el más profundo de todos los abismos. A su fulgor verás a las madres. De ellas las hay que están sentadas, pero otras van y vienen, según es debido. Forma, transformación, conservación eterna del eterno sentido, sobre las que gravitan las imágenes de todas las criaturas. No te verán a tí, que sólo ven ideas. ¡Haz allí acopio de energías, pues es grande el peligro, y vete en dere­chura a ese trípode y tócalo con la llave!» (vv. 6257-6293).

Las madres están en lo más profundo de la realidad, en «el más profundo de todos los abismos». Son origen de la configuración estática y dinámica de la realidad: «las hay que están sentadas» (principio de forma estático) y «otras van y vienen» (principio di­námico).

Las madres son las matrices de la realidad, tipos genéticos de los que proceden los individuos. El propio Goethe escribe una teo­ría de los tipos. Lo metafísicamente decisivo aquí es que la construcción viene después de la afirmación misma de la sub­jetivi­dad.

Pero el tipo no es  una esencia universal abstracta, sino un elemento genético que puede configurar muchos individuos (de modo parecido a como en literatura hablamos de «un Don Juan» o de «un Homero»). El tipo es la estructura genética fundamental desde la cual se elaboran un número de casos. La aplicación de esto a la ciencia constituirá lo que Goethe llamaba teoría de los ti­pos (Typenlehre).

El tipo es un esquema genético de construcción de todos los elementos. Es la «madre» porque es originariamente productor; es el que da a luz, el que genéticamente da lugar a la realidad. Esas madres se configuran como tipos, no sencillamente como esencias específicas. Son tipos puestos en el mismo acto en que la actividad subjetiva funda la realidad objetiva. No son anteriores ni posterio­res a esa actividad del sujeto. En otros escritos Goethe habla de protoformas que se intuyen en un solo golpe de vista.

La llave del diablo, que no es más que la llave de la actividad, nos lleva a las madres.

 *

La creación del hombre por sí mismo

En la escena II del segundo acto hay algo extraordinario. Apa­rece en acción el criado, Wagner. Este no es propiamente el sabe­dor de la autoactividad. Aquí Fausto se retira. Con este paso a un segundo plano es como si el mismo Goethe quedase como mero observador de las consecuencias de la actividad transformadora del hombre moderno. Goethe se mani­fiesta entonces como un romántico que quizás no quiere serlo to­talmente. Más allá del romanticismo y del clasicismo, se coloca en un ámbito empíreo y señorial, capaz de dominar las escenas del gran teatro del mundo. Fausto deja paso al criado para que tra­baje.

Goethe trata ahora el tema de la autoactividad con cierto hu­mor. Se separa de las circunstancias de lo que narra, se da cuenta del poder de la actividad y, en cierto modo, no quiere compro­meterse personalmente en sus resultados. Quizás porque compren­diese que la técnica de su tiempo no estaba aún madura para ini­ciar transformaciones radicales. ¿Miedo a la acción, a pesar del impulso hacia ella?. No lo creo. Sencillamente, conciencia de que todavía no llegaba la acción a la altura de sus aspiraciones. Pero confianza firme de que llegará a imponerse algún día, a través del impulso que la puso en marcha: el amor, la voluntad, el eros cos­mogónico.

Pero mediante Wagner, el criado, se continúan aplicando los ti­pos de la acción. Este no conoce la ciencia de la génesis, pero quizá puede acertar imitándola, mezclando elementos en el fondo de una redoma o de un alambique: «¡Oh, si esta vez hubiera acer­tado!» Entonces se consuma una obra magnífica, bajo la presencia del mismo Mefistófeles: se hace un hombrecillo (homunculus). En el fondo de la redoma del criado, del imitador, del teknítes,  apa­rece el homúnculo.

«WAGNER: (Junto al fogón) Suena la campana, la terrible campana traspasando los denegridos muros. No puede durar más la incertidumbre de la más grave expectación. Ilumí­nanse ya las tinieblas; ya en la redoma más íntima arde una como ascua viva, mejor dicho, como el carbúnculo más es­pléndido, irradiando relampagueos a través de la oscuridad, una clara y blanca luz aparece. ¡Oh, si esta vez hubiera acer­tado!… Pero, ¡oh Dios mío!, ¿quién araña la puerta?

MEFISTOFELES: (Entrando) ¡Buenos días! Soy moro de paz.

WAGNER: (Con angustia) ¡Bien venido sea el astro de la hora! (Quedo) Pero retened en vuestra boca palabra y aliento, que una obra magnífica está para consumarse.

MEFISTOFELES: (Más quedo aún) ¿Qué será ello?

WAGNER: (Quedo). Se ha hecho un hombre.

MEFISTOFELES: ¿Un hombre? ¿Qué parejita de tórtolos habéis encerrado en ese alambique?.

WAGNER: ¡Líbrenos Dios! El antiguo modo de engendrar es hoy para nosotros una pura gansada. El delicado punto del cual surgió la vida, la sublime fuerza que de lo íntimo brotó y tomó y dió para diseñarse con trazos concretos y apropiarse primero lo más próximo y después lo lejano, hállase ahora degradada de su dignidad; si aún sigue el animal retozando, debe el hombre, con sus grandes dotes, tener en lo futuro un origen cada vez más alto. (Volviéndose hacia el fogón) ¡Ya brilla! ¡Mirad!… Ahora es cuando realmente cabe esperar que, mezclando y amalgamando miles de materias, podamos componer a nuestro antojo la materia humana, aglutinarla en una redoma, destilarla como es debido y consumar así en silencio la obra. (Volviéndose al fogón) ¡Ya se está ha­ciendo!… Clarifícase la masa, y mi convicción tórnase cada vez más profunda; lo que de misterioso se pondera en la Na­turaleza, osamos nosotros contrastarlo inteligentemente y cristalizar aquello que en otro tiempo se dejó organizar.

MEFISTOFELES: Quien mucho vive, mucho ve, y nada nuevo puede ocurrirle en este mundo. Ya en mis años anda­riegos pude ver gente cristalizada.

WAGNER: (Que hasta aquí estuvo observando atenta­mente a la redoma)  Sube, centellea, se apelmaza, es cosa de un momento. Un gran designio parece a lo primero una lo­cura; pero de hoy más nos hemos de reir de la casualidad; y así, un cerebro que debe pensar bien, hará en lo porvenir un pensador. (Contemplando con arrobo la redoma) Vibra el cristal a impulsos de una amable fuerza. Se enturbia, se aclara. ¡Ha de lograrse, pues! Ya veo un garboso hombrecillo de primorosa planta hacer visajes. ¿Qué más podemos que­rer? ¿Qué más puede pedir ya el mundo? Porque se hizo ya luz en el misterio. Prestad oídos a este ser: ¡ya cobra voz, ya habla!

HOMUNCULO: (Desde la redoma, a Wagner) ¡Hola, papaíto! ¿Cómo estás? ¡Luego no era una broma! Ven, estréchame tiernamente contra tu corazón, pero no con demasiada ve­hemencia, no sea que salte el cristal. Tal es la propiedad de las cosas; a lo natural apenas si le basta el universo; pero lo artificial pide espacio cerrado.

(A Mefistófeles)  Pero, ¿estás ahí tú, primo mío, so tu­nante? En el momento justo te doy gracias. Una buena estre­lla te trajo hasta nosotros. En tanto exista yo, deberé ser ac­tivo. En seguida quisiera poner manos a la obra. Tú eres ca­paz de acortarme el camino. (vv. 6819-6890).

WAGNER: (Con angustia)  ¿Y yo?

HOMUNCULO: ¿Eh? Tú te quedarás en casita para hacer lo más principal. Desenrolla esos viejos pergaminos, junta, se­gún receta, los elementos tales, y engránalos cautamente unos con otros. Piensa en el qué y más aún en el cómo. En tanto yo recorro un trocito de mundo, podré poner el punto sobre la i. Quedará entonces logrado el gran objeto, que ta­maño esfuerzo requiere galardón tamaño; oro, honores, glo­ria, larga y saludable vida, y ciencia y virtud…, quizá también. ¡Adiós!.

WAGNER: (Confuso)  ¡Adiós! ¡Esto me aflige! Temo ya no volver a verte.

MEFISTOFELES: ¡Ahora, vivo, a la cumbre del Peneo! No hay que despreciar al Señor que ruega. (Ad spectatores). En fin de cuentas, dependemos de las criatura que hicimos» (vv. 6985-7004).

La fuerza espontánea de la naturaleza viene a ser sustituida por una fuerza creadora del hombre tecnificado. El hombre moderno ve su origen natural como insuficiente. Wagner dice que la fuerza de la generación está degradada. La sexualidad debe quedar separada de la generación humana: dejemos que el hombre retoce, que la generación se re­duzca a lo animal; y hagamos que la producción del hombre sea una actividad planificada, tecnificada. El hombre siente su origen natural como insuficiente: «debe el hombre, con sus grandes dotes, tener en lo futuro un origen cada vez más alto». Entonces surge el principio de la mezcla: mezclando materias conseguiremos la na­turaleza humana. Cristalizemos nosotros lo que en otro tiempo se dejó organizar. El principio de la espontaneidad natural (orga­nización) cede sus derechos al principio de la producción ar­tificial (cristalización).

Wagner contempla el resultado como luz hecha en el misterio. Es la luz que el hombre pone con su propia acción en el misterio.

En las palabras del homúnculo aparece el flagelante humor de Goethe ante la técnica ilustrada. Pero también el carácter frágil que desde ahora va a tener la obra humana. «Lo artificial pide es­pacio cerrado», dice el homúnculo. Y aún más: el hombre artifi­cial aparecerá como el primo del diablo. Así consigna Eckerman una conversación tenida con Goethe sobre el tema:

«En general se notará que Mefistófeles parece estar en una si­tuación de desventaja respecto del homúnculo, que le iguala por la claridad de su espíritu y le supera por su tendencia a lo bello y a la actividad fomentadora. Por lo demás, le llama su señor primo, pues estos seres espirituales, como el homún­culo, que todavía no están ensombrecidos y limitados por una humanización comple­ta, son análogos a los demás, por lo cual existe entre ellos una es­pecie de parentesco»4.

También para la técnica vale el principio de actividad. La téc­nica antigua era filo-natural. Así lo señala Heidegger en Sendas perdidas. Era la técnica, por ejemplo, del molino de viento: no ha­cía el viento, sino que esperaba que éste soplara sobre las aspas. En cambio, ahora, hay que hacer el viento, estar sobre la natura­leza hurgándola, sacándole sus secretos. No somos abogados, sino fiscales criminalistas de la naturaleza, decía Bacon. La naturaleza antigua era principio interno de actividad, era autopropulsiva: natural –a diferencia de lo artificial– era lo que no debía a otro el principio de su movimiento. Pero en la modernidad, la actividad propiamente autopropulsiva ha quedado en manos de la técnica, la cual ha suplantado la vieja idea de physis. El hombre tecnificado se impone sobre el hombre tecnificante. Aquí la técnica se ha con­vertido en un modo paradigmático de actividad, fruto de lo que el hombre ha hecho en la filosofía: la metafísica, como después la misma técnica, es un saber constructivo, no obediente a la reali­dad, sino imperante.

El final de la escena es estremecedor. El homúnculo se marcha con el demonio, dejando a Wagner en casa. La técnica se indepen­diza del hombre que la produjo. La escena acaba con las palabras de Mefistófeles: «En fin de cuentas, dependemos de las criaturas que hicimos».



2 KrV. A 138, B 177.

3 KrV. A 141, B 180.

4 ECKERMANN, Conversaciones con Goethe, Buenos Aires, 1950, p. 132.

1 Comment

  1. Gracias por el trabajo sobre este gran autor.

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