
Vincent van Gogh (1853-1890). “Sembrador con el sol poniente”. El lugar estimula la fuerza creativa del artista y le permite avanzar en su trabajo impresionista.
Mucho importa para un feliz fin, un buen principio. No hay lugar para enmendar en la segunda vez, lo que desacertó en la primera. Mucho pierde quien en el primer lance se pierde: no es perderse para aquel solo, perderse es para muchos que le sucedan después.
Todo lo humano depende de la opinión de los hombres: esta nace de lo que se oye y se ve; cuesta mucho de vencer una opinión ya fundada. Son fáciles en tomarla los hombres; pero no sin mucha dificultad la dejan. El primer concepto que se imprime en el alma, parece que se cincela en bronce; y así son precisos muchos actos contrarios, primero para borrar el primero, y después para imprimir el segundo.
Es el suceso de la primera acción, presagio de las que se siguen. Y como el agua siempre toma y conserva la calidad del manantial, así las segundas y terceras acciones suelen llevar el crédito de las primeras. Raras veces prosigue mal, quien bien comienza.
Un principio feliz es padre de mil victorias, afianza la estimación generosa, y es el precursor de un alto nombre. El primer rosicler de la autora anuncia cuál saldrá el sol aquel día. Más cuesta sola la primera victoria que otras muchas.
Pero, ¿de qué sirve el buen principio, si no es constante el valor? No todos los truenos que aterran rompen en rayos que hieren. Todo valor cae, si no le asegura la constancia.
Los que notan una desigualdad grande en los segundos empeños, atribuyen al acaso la prosperidad del primero; y a falta de valor, la desdicha del segundo. Miden por el primero la fortuna, por el segundo la persona.
El fuego que más presto se enciende es la pólvora, y es el que más presto se acaba.
No basta para obrar bien, obrar presto: basta para obrar presto, obrar bien.
¿Qué importa que corras, si tropiezas?
Ninguna cosa grande quiso la naturaleza que se hiciera presto.
Textos seleccionados de la obra de Francisco Garau,
Máximas políticas y morales (Barcelona, 1702), pp. 32-42.
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