Josep Llimona i Bruguera (1864-1934), “Matanza de los inocentes”. Con gran expresividad representa la brutalidad de una muerte que tiene como único motivo la fuerza de quien la perpetra.

1. Lo requiere la salud física y  psíquica de la madre.

Aunque en otras circunstancias el aborto pue­de ser un delito, ha de ser considerado lícito cuando por el embarazo se pone en peligro el buen estado físico o psíquico de la madre; a veces incluso es la misma vida de la madre la que está en peligro, pudiéndose tratar el feto como un injusto agresor. No se puede pedir el sacrificio inútil de la madre en nombre de un tabú irracional y faná­tico.

*

Este tópico recoge la necesidad del llamado “aborto terapéutico”, es decir, el destinado a elimi­nar el feto por razones médicas o terapéuticas. El ar­gumento tiene dos aspectos: el de la salud física y el de la salud psíquica.

Acerca de la salud física de la madre cabe decir que gracias a los progresos alcanzados hoy por la medicina, los peligros graves relacionados con el embarazo han desaparecido.

Todos los expertos en Ginecología y Cirugía intrauterina indican que hoy la medicina está en condiciones de salvar tanto la vida del niño como la de la ma­dre, cuando se dan los rarísimos casos en que se ve­rifican las dos condiciones de peligro de muer­te inminente y de seguro agravamiento del es­tado de la madre en el transcurso del em­barazo: como, por ejemplo, en los casos de cardiopa­tías graves o de formas nefropáticas crónicas, a las que antes se trataba con la interrupción abortiva. Hasta el punto de que ahora es fácil hacer una intervención quirúr­gica de corazón o re­currir al empleo del riñón artificial durante la gestación, sin que ésta tenga que salir perjudi­cada[1].

En realidad, los progresos de la medicina han sido tales que hoy día cualquier mujer cardiópata puede sobre­llevar un embarazo, y las más graves compli­caciones de la preñez pueden ser resueltas sin necesidad de interrumpirla. El aborto terapéu­tico carece hoy de sentido clínico.

Incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció hace tiempo que prácticamente no existen ya enfermedades afectables por el embarazo.

*

Por lo tanto, cada vez son más imaginarios “o poco rea­les”, los casos en que hubiera que salvar una de las dos vidas a costa de la otra. Teóricamente sería lícito pretender la curación de la madre, aun cuando de modo indirecto o no pretendido se causara per­juicio al feto, aplicando los principios de moralidad pro­pios de la “acción de doble efecto”; lo que nunca es lícito es el aborto directo o provocado, ni aún en el caso de que, de no intentarlo, se siguiera la muer­te de la madre. Sin embargo, estas situaciones se pre­sentan hoy menos que nunca, según atestiguan los médicos.

Nos estamos refiriendo, claro está, al aborto vo­luntario, pues el involuntario no cae dentro de la moral. Ya dentro del voluntario se suele diferenciar el voluntario directo y el indirecto.

El primero se suele llamar “terapéutico” cuan­do se lo emplea como medio de protección de la sa­lud de la madre o más exactamente, de curación. Acerca de éste, la ética enseña que un acto intrínse­camente malo no se convierte en bueno por el fin que con él se persiga. Matar a un embrión humano para evitar sufrimientos a la madre o, en un caso extremo, para evitar la muerte de los dos, sigue siendo un homicidio para todo el que admite una ley moral de la que no es autor el hombre.

El aborto es indirecto cuando se sigue como efecto no inmediato de un medicamento o de un acto médico (la extirpación de un cáncer de útero, por ejemplo) para curar una enfermedad de la ma­dre. Aquí resultan dos efectos de una misma acción: uno bueno (salud de la madre), otro malo (muerte del feto). De estos dos efectos, uno es el buscado y otro es el que puede seguirse del anterior, pero de un modo incidental.

Para que esta acción no sea inmoral se requiere: 1º Que en sí misma no sea una acción mala (matar, por ejemplo); 2º Que el efecto bueno sea inmediato y el malo mediato; 3º Que el efecto indirecto (muer­te del feto) no sea buscado, sino sólo permitido; 4º Que no exista otro medio de conseguir el efecto in­mediato (la curación de la madre); 5º Que haya una razón proporcionalmente grave: en este caso ha­bría de ser que peligrara por momentos la vida de la madre para intentarlo.

*

Es curioso observar que casi todas las encuestas dirigidas a obtener un índice de respuestas afirma­tivas para el establecimiento del aborto son cauta­mente manipuladas ya en las preguntas. Por ejem­plo, no se pregunta: “¿Reconce Vd. que la madre tiene derecho a matar al hijo antes de nacer si no desea dar a luz?”. Tal pregunta provocaría la nega­tiva inmediata. Cautelosamente se propone así: “¿Admite Vd. la interrupción del embarazo en caso de que se encuentre en juego la vida de la madre?”. Con este circunloquio “humanitario” y “sentimen­tal” hay más posibilidades de que crezca el porcen­taje de los que están a favor.

Hoy los ginecólogos aseguran que hay más peligro en un aborto, incluso contro­lado por un médico, que en un parto. De hecho, las más frecuentes complica­ciones y secuelas del aborto provocado son las in­fecciones, las hemorragias, que dependen de téc­nicas evacua­doras, las perforaciones uterinas y re­tención de tro­zos de embrión que exponen a hemo­rragias e infec­ción. Entre las secuelas del aborto inducido se encuentra el sín­drome de As­hermann, producido sobre todo en sinequias parcia­les; en segundo lugar, la incom­petencia del orificio cervical interno, puede ser ori­ginada por abortos inducidos mediante la dilatación del cuello, tanto si se emplean dilatadoras del tipo Hegar como si son del tipo Bossi. Otra secuela puede venir pro­vocada por el posible paso de hematíes del feto a la circulación materna y posible inmuniza­ción del fac­tor Rh en casos de incompatibilidad fe­tomaterna[2].

Mas por encima de todas estas consideraciones, de las que son competentes los médicos, el proble­ma nuclear en este asunto está en que para los abor­tistas la vida humana viene a ser como una “mer­cancía”, una “cosa” que puede cambiarse por otra. Pero si la vida humana es un bien moral, jurídi­camente absoluto y sin excepciones, no es inter­cambiable y merece respeto total.

*

Por lo que hace a la pérdida del equilibrio psí­quico de la embarazada, es conveniente indicar que la alteración nerviosa puede estar causada o bien por la futura existencia del niño “no deseada o te­mida desde el comienzo del embarazo”, o bien por la gestación en sí misma, como fenómeno fisioló­gico.

En el caso del niño no deseado, por desequi­librio psíquico hay que entender la pérdida de la “serenidad psicológica”. Lo que los abortistas quie­ren con este argumento es asegurar la serenidad psi­cológica de la mujer a costa de quitar la existencia de un ser humano, el no nacido. Pero el mismo argu­mento debería valer para quitar la existencia a todo hombre adulto que alterase la serenidad psicológica de otro; conclusión que los abortistas no admiten paradójicamente.

En el caso de que la gravidez fisiológica provo­que alteraciones nerviosas (esquizofrenia y psicosis maníaco-depresivas), los neurólogos y psi­quiatras más autorizados afirman que no se cono­cen, direc­tamente por su propia experiencia ni a través de escritos, casos de este tipo que exijan como única so­lución el aborto.

Practicar el aborto por ra­zones psiquiátricas es un método nebuloso, poco objetivo y poco cien­tífico en medicina. Según pare­ce, los psiquiatras lo­grarían mucho más utilizando los nuevos métodos de su especialidad en el tra­tamiento de los pacien­tes, en lugar de recomendar la destrucción de al­guien.

En verdad, la neuropsiquiatría no está por la al­ternativa entre la locura de la madre o el naci­miento del niño, porque propone soluciones te­rapéuticas válidas que no son la eliminación del feto.

Toda la dificultad estriba en admitir sencilla­mente que el feto es una vida humana, por la que de alguna manera merece la pena aceptar algún riesgo medido, algún sacrificio no mortal por parte de la madre. La razón de “enfermedad men­tal” es una simple excusa para obtener el aborto.

Pero es que la mujer, después del aborto, lejos de conquistar la serenidad psíquica, se ve sometida normalmente a un sentimiento de culpa y a una desorganización psíquica, que por otra parte es comprensible[3]: “las probabilidades de trastornos psi­quiátricos serios y permanentes (después de un aborto) son del 9 al 59 %”, decía un estudio recogido en el Congreso de la Real Academia de Obstetricia y Ginecología de Inglaterra en 1966.

Los psiquiatras expresan estos hechos con una frase acertada y escueta: “Es más fácil sacar al bebé del útero de su madre que de su pensamiento”.

Al cementerio de fetos abortados de Tokyo, como antes quedó indicado, acuden las mujeres haciendo una especie de peregrinación, cantando una canción de cuna que tiene un sentido expiatorio, puri­ficatorio.

*

Se suele argüir a todo lo anterior diciendo que existe un derecho a la legítima defensa, el cual hace en ocasiones necesario que el particular o las ins­tancias sociales correspondientes no respeten la vida. Adviértase, sin embargo, que el derecho sólo llega hasta donde llega la legítima defensa[4].

Que la defensa legítima de una vida o de una sociedad que se encuentra amenazada por ciertos ac­tos delictivos traiga consigo la muerte de un ser humano (culpable) es un efecto necesario, pero no pretendido como efecto inmediato del acto de de­fenderse. De aquí que si hubiera otro procedi­miento igualmente apto para tal efecto y que no hiciera ne­cesaria la muerte del otro, sería obligado su empleo.

La legítima defensa debe ser diferenciada en to­dos los casos del deseo de venganza, que nunca puede tener justificación moral.

Naturalmente, cuando se trata de un inocente o de un menor de edad, nunca aparece la exigencia de la legítima defensa. Si, no obstante, peligrara su vida, como es el caso de las acciones abortivas, se haría precisa la acción protectora a cargo de los pa­dres y de la sociedad; pues el comienzo de la vida humana tiene lugar con la concepción.

*

2,-6ª-Semana¿Y qué decir de los médicos que habrían de “firmar” el certificado de “necesidad terapéutica” para obtener el aborto? La situación que se crea, en torno a esa firma, es de un cinismo repugnante. En principio existen comités formados por doctores del  hospital, los cuales dictaminan sobre la validez de cada solicitud de aborto. Asimismo, las soli­citudes de aborto van acom­pañadas de certificados extendidos por psiquiatras, manifestando que la mujer en cuestión tiene, por ejemplo, tendencias suicidas a causa del embarazo. Estos psiquiatras son invariablemente amigos del médico abortista y cobran unos cien dólares. Con esos papeles “en regla”, el comité se limita a estampar el sello; la mujer obtiene rápidamente el aborto solicitado.

 *

2. Hay que evitar el sufrimiento que acarrean los hijos con malformaciones genéticas

Existen malformaciones genéticas, detectables mediante técnicas actuales de diagnóstico precoz, que son debidas a taras hereditarias, radiaciones atómicas, alimentos tóxicos, etc. El modo de evi­tarlas será no permitir que la criatura, que nacería deformada, sea fuente de sufrimientos para los demás y para ella misma.

*

Los defensores del aborto esperan a que surja un caso clamoroso o “piadoso” que conmueva los sen­timientos de la gente. Recuérdese la nube tóxica de dioxina caída en Seveso (Italia). En España, hace años, la in­toxicación por aceite de colza constituyó un pretexto para iniciar una campaña pro aborto. Fue fácil en Italia convencer a la opinión pública de que las em­barazadas darían a luz hijos con monstruosas mal­formaciones. Pero es curioso recordar que, aun­que las autoridades permitieron el aborto terapéu­tico a las mujeres de esa ciudad, las 1.400 madres que no quisieron abortar dieron a luz hijos perfec­tamente sanos.

En el fondo de este argumento no hay sólo un sentimiento de piedad, sino un concepto equivo­cado de lo que es el embrión en el seno de la madre, a saber: un ser humano, cuyo valor existencial es abso­luto, intocable.

Una anécdota, muchas veces citada, arroja un poco de luz sobre el asunto. En 1973 la televisión francesa transmitía un debate en el que un grupo de intelectuales enfocaban el problema del aborto. El célebre biólogo Jacques Monod se declaró partidario del aborto. Un colega preguntó a Monod: “¿Permi­tiría usted el aborto provocado de una mujer tu­berculosa y exhausta, vejada por un marido brutal alcohólico, con el feto destinado posiblemente a graves perturbaciones emocionales y defectos con­génitos insuperables?” A lo que respondió Monod: “Es un caso claro de respuesta afirmativa”. El inter­locutor de Monod se volvió entonces a los presen­tes y comentó: “Un minuto de silencio, señores. El profesor Monod acaba de asesinar a Beethoven”.

El hecho de que no haya existido nunca una organización de padres de niños retrasados que haya favorecido el aborto, in­dica a las claras que el contacto directo y vivo con es­tos disminuidos ofrece la experiencia de que se trata de seres humanos, cuyo apego y disfrute de la vida tiene para ellos un valor absoluto.

Incide aquí un tópico ya expuesto: el feto no se­ría ser humano hasta que los padres lo aceptaran; sólo a través de las relaciones que estableciera con la comunidad podría hacerse hombre. Si una mujer, a través de exámenes médicos, sabe que su concebido es mongólico, estaría en su derecho para rechazarlo. Un ser inútil “le dirán” es una carga social y nunca llegará a ser hombre. No se le puede impo­ner a la sociedad el peso de tal ser.

Ahora bien, ya vimos en la respuesta a dicho tópico que el hombre no se reduce a la suma de re­laciones que puede guardar con los demás; su esen­cia profunda reside en su índole espiritual, por la cual podrá ejercer, aunque sea tenuemente, la liber­tad. Nadie ha podido demostrar que un mon­gólico carezca de pensamiento y de libertad, por dis­minuido que esté su ejercicio.

Pero, ¿nos hemos preguntado qué es un dismi­nuido para sí mismo? ¿Hemos considerado que para él su existencia, su vida, es lo único que tiene? ¿Qué pensarán los miles de disminuidos físicos (“los que andan en carritos con muletas, los mongólicos”) cuando oyen que lo mejor para un disminuido es no haber nacido? ¿Dirán que han tenido suerte de nacer porque al ser concebidos no existía todavía una ley que permitiera matarlos?

Pude leer en un periódico la siguiente carta: “Soy una chica de veintiocho años que en el vientre materno sufrí una malformación, por lo que nacería sordomuda… Quisiera hacer pa­tente la gran labor que hicieron mis padres por sacarme adelante y ofrecerme los medios posi­bles para desarrollarme tanto física como inte­lectualmente… Puedo decir que he cono­cido, aprendido y experimentado como la ma­yoría de las personas, excepto en una cosa, que es el sentido de la audición y del habla normal. Al­go que, efectivamente, eché de menos con fre­cuencia, pero que jamás me quitó la alegría de vivir. También tuve la oportunidad de co­nocer a muchas personas, hombres y mujeres, que tienen otra deficiencia por idéntica causa (ceguera, parálisis, retraso mental…) y vién­dolas y hablando con ellas jamás tuve la imbe­cilidad de pensar que sería mejor para ellos re­nunciar a su primer derecho fundamental”.

¿Quiere el minusválido que lo maten? La expe­riencia dice que no.

*

 Quienes no dejan vivir a un ser humano sub­normal estiman que los contenidos de una “calidad de vida” son superiores a la vida misma. Una vida de escasa calidad, no merecería ser vivida. El metro de esa “calidad de vida” es, para estos “salvadores”, meramente utilitario, a saber: hay calidad de vida cuando se está en el confort prefabricado (tener co­che y electrodomésticos), en el bienestar sobreen­tendido, en el lujo ofrecido (viajar y gozar ili­mitadamente del ocio), en el nivel intelectual de una sociedad consumista. Este es el único patrón por el que se mide y decide cuáles existencias son dignas o indignas de ser vividas.

El sufrimiento que posiblemente padezca un subnormal, un minusválido, en el curso de su de­sarrollo no lo podemos medir con la vara del sufri­miento de una persona con su total capacidad psí­quica desarrollada. Jamás sabremos qué destino puede hacer un disminuido de sus escasas dota­ciones. Pero lo cierto es que lo único que para él va­le la pena es vivir, a pesar de sus propias taras. Sin embargo, y en el mismo terreno de los hechos psí­quicos, los hijos deficientes y subnormales son, con frecuencia, los más queridos por sus padres, aun cuando antes de nacer hubieran sido no deseados.

Es conveniente apuntar que el retraso mental de origen prenatal es sólo un pequeño porcentaje de la totalidad de los casos.

Por otra parte, la medicina no está en dispo­sición de precisar al cien por cien los casos de mal­formaciones. No obstante, con técnicas perfeccionadas, la medicina está en condiciones de corregir algunas aberraciones cromosómicas; muchas anomalías genéticas pueden ser corregidas ya ahora, y los individuos afectados son capaces de llevar una vida muy normal.

Si lo que se quiere decir es que el aborto es un sistema de “prevencion de la subnormalidad”, ha­bría que continuar afirmando que, con esa táctica, prevenir los accidentes en carretera exigiría matar a todos los conductores.

Por malformaciones genéticas o taras físicas, ¿sería justificable la eliminación de un ser humano ya nacido? Si no se justifica la muerte del malfor­mado ya nacido, ¿por qué se va a justificar la muer­te del no nacido?

*

3,-43-Días

8ª Semana

Y pasando al terreno del deber, todo ser huma­no posee dignidad en cuanto hombre. Es un ra­cismo intolerable conceder la existencia sólo a los bien dotados. Ello llevaría análogamente a quitar la vida a los ancianos improductivos y a los enfermos incurables, etc. ¿Qué otra cosa hizo Hitler, ejecu­tando primero a los más tarados, después a los in­sociables de las prisiones y finalmente a la raza ju­día, considerada como defectuosa? En­tonces, ¿qué línea racional puede dividir el matar a un no naci­do del eliminar a un ser con alguna falta?Un médico amigo me decía que el que admita el aborto voluntario, si es consecuente consi­go mismo, tiene que adoptar las siguientes ac­titudes, a las cuales llega como corolario de la pri­mera: 1) Pedir el restablecimiento de la pe­na de muerte. 2) Pedir la muerte de los enfer­mos y de los inválidos. 3) Pedir la muerte de los lo­cos y de los subnormales.En realidad, algo de esto está ocurriendo ya con la aplicación de la eutanasia.

 *

3. Es congruente en casos de violación

El aborto habría que permitirlo cuando el embarazo haya sido consecuencia de violación. Se trata de una criatura concebida en circunstancias no normales, siendo su madre casi siempre una muchacha indefensa que quedará marcada por el horror y la vergüenza ante la sociedad.

*

Una vez más, hay que respetar los derechos del viviente humano, sin que ello pueda ser modi­ficado por las circunstancias anormales en que se produjo el embarazo. Tales circunstancias atenúan la gravedad de la acción, pero no la modifican sus­tancialmente.

Con el aborto sólo se hace añadir una nueva culpa a la anterior. El niño concebido es aquí ino­cente; él es el único que no ha tenido culpa de la violación. El injusto agresor de la madre no es el niño, sino el violador. ¿Por qué no matar al viola­dor? ¿Por qué el delito cometido por el padre ha de ser pagado con la vida por el hijo inocente? ¿Dónde hay en el mundo una legislación que sentencie a muerte al hijo de un criminal?

Lo curioso de una licencia de aborto por viola­ción es que, si hay denuncia de violación, ello pro­vocará la apertura de un proceso penal contra el violador. Identificado éste, será castigado con una pena poco abultada; en cambio, el hijo será conde­nado a muerte.

Conviene aclarar que el embarazo por violación es raro. Los Willke indicaron hace tiempo que, un estudio lleva­do a cabo en St. Paul de Minneapolis sobre 3.500 ca­sos de violación, durante un período de diez años, no se pudo registrar un solo caso de embarazo. La cir­cunstancia anormal en que una violación se produ­ce impide la concepción[5]. En Checoslovaquia, de 86.000 abortos provocados, sólo 22 fueron hechos por violación. O sea, la estadística arroja 1 por 4.000.

Aparte de que una ley de aborto, montada sobre la base de la violación, no puede utilizarse: es inútil. ¿Cómo se demuestra la violación? Si la denuncia de violación se produce pasadas unas semanas, justo cuando se nota la falta de menstruación, entonces la mujer debe aportar pruebas razonables de violación. Podría probarse, por análisis genético, que el ADN del violador está en el feto, pero no que hubo violación. Pero, si no hay testigos, el violador no va a admitir su culpabilidad; y a esas alturas no es posible pre­sentar al juez un testigo que proporcione un testi­monio creíble: ni habría razones para pedir el per­miso de abortar por ese motivo. Si la denuncia de violación se hace inmediatamente después del hecho, no se probaría que existe embarazo, aunque se atrape al violador. En Inglaterra, concretamente, la ley permite también el aborto en caso de violación; mas de hecho apenas es utilizada; por dificultades que acarrean las pruebas.

En fin, existen testimonios de madres de cria­turas alumbradas en tales situaciones que expresan su satisfacción íntima al obrar con valentía moral.

El medio familiar y social debe ofrecer a la ma­dre en cuestión la comprensión y el afecto necesa­rios. La angustia de la mujer violada (angus­tia que la sociedad y la familia tienen la obligación de com­prender y dulcificar) no se elimina, sino que se in­crementa con el trauma de muerte inhumana del hijo.

 


[1] Myung K. Park:  Pediatric Cardiology for Practitioners, 5ª ed. Hardcover, 2008.

[2] Lee, Patrick:  Abortion and unborn human life, Washington, 1996. – Na­thanson, Bernard N.:  The abortion papers: inside the abortion mentality, New York, 1983.

[3] Fergusson DM, Horwood LJ, Boden JM.: “Abortion and mental health (letter, in reply)”, Br J Psychiatry 2009; 194: 377-8. Id.:  “Abortion and mental health disorders: evidence from a 30-year longitudinal study, Br J Psychiatry, 2008;193: 444-51. – Gurpegui, Manuel / Jurado, Dolores: “Compli­caciones psiquiátricas del Aborto” [Psychiatric complications of abortion], Cuadernos de Bioética, vol. XX, nº 3, 2009: 381-392.

[4] Wolbert, Werner: Du sollst nicht töten: systematische Überlegungen zum Tötungsverbot, Freiburg-Wien, 2000. – Palermo, Oscar:  La legítima defensa: una revisión normativista, Barcelona, 2006.

[5] Siguen siendo de gran interés al respecto los libros del doctor John C. Willke fundador y presidente de “International Right to Life Federation”:  Handbook on Abortion, Cinncinati, 1979 (publicado con su mujer Bárbara Willke); Abortion and Slavery: History Repeats, 1994;  Assisted Suicide & Euthanasia, Past & Present (1995).